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La resistencia a la represa Chepete-El Bala ya está estructurada

Una veintena de comunidades en las zonas del Madidi y de Pilón Lajas han conformado la Coordinadora de Defensa de la Amazonía, para evitar que se construya una represa. El Gobierno la defiende y dice que generará 3.600 megavatios de energía eléctrica


Las comunidades que habitan las riberas del río Beni y Chepete, zona de influencia directa de la represa que el Gobierno pretende construir para generar energía eléctrica, han unido sus fuerzas para resistir a esa megaobra presupuestada en $us 6.000 millones, para levantar la voz y hacerle conocer al corazón del poder político las secuelas que ellos consideran caerán sobre la vida silvestre y la flora, el ecoturismo que cada año atrae a más de 20.000 visitantes y a los seres humanos que habitan en las puertas del parque Madidi y de la reserva de Pilón Lajas del departamento de La Paz. 

Los cimientos para esa cruzada ya están levantados. Los dirigentes indígenas le han puesto por nombre Coordinadora para la Defensa de la Amazonia. Se trata de una estructura organizada, dirigida por Alex Villca Limaco, que también es secretario de Tierra y Territorio, Recursos Naturales y Medio Ambiente del pueblo indígena San José de Chupiamono. Según datos que ha proporcionados a EL DEBER la empresa Nacional de Electrificación, (ENDE), a la que el Gobierno le ha encargado el proyecto Hidroeléctrico El Bala, se encuentra en la etapa de estudios de preinversión. El 13 de julio de 2016, se concluyó oficialmente el estudio de Identificación que fue contratado por Ende a la empresa Geodata de Italia y tuvo una duración de 12 meses.

La Coordinadora para la Defensa de la Amazonia está informada, por las charlas que les ha proporcionado, que la represa generará 3.676 megavatios (MW), que la presa tendrá 183 metros de altura, que estará ubicada en las zonas de Chepete y El Bala y que el embalse en su nivel máximo extraordinario, tendría una superficie de 680 km2, dos veces más que la mancha urbana de Santa Cruz de la Sierra y que obligaría a relocalizar a por lo menos 3.000 habitantes de 40 comunidades. 

En San Miguel, una comunidad ubicada a media hora de Rurrenabaque, aguas arriba del río Beni, Lidia Mamani, una indígena tacana, mece la hamaca donde duerme su niña bajo la sombra de dos árboles frondosos. A cien metros de su casa, en la escuelita, se lleva a cabo una reunión que mantienen los pobladores con representantes de Ende, que han llegado para informarles sobre el proyecto hidroeléctrico. En ese galpón cubierto con cortinas de hule, Domingo Campos, presidente de mancomunidades de los ríos Beni y Quiquibey, les dice a los visitantes que están preocupados y con temor a que con la represa lleguen las inundaciones, motivos suficientes para no querer la obra, porque se niegan a estar destinados a desaparecer. “¿Cómo vamos a estar de acuerdo? Sería ir en contra de uno mismo. Nos han enseñado con grandes discursos a respetar la madre naturaleza. Mentira, si van a inundar estas tierras”, dice en voz alta. 

En ese salón improvisado, varios dirigentes indígenas coincidieron en decir: “Queremos que nos dejen vivir en armonía con la naturaleza, sin alterar el medioambiente”. También alzan la voz para denunciar que hay rumores que los sacarán de ese hábitat, que les indemnizarán. “Con eso no vamos a vivir toda la vida. Nuestros hijos cambiarán de hábitat. Es una idea mal acertada”, habla la comunaria Liliana Pozo.

En estas comunidades ubicadas en las riveras del río Beni no existe internet, pero si uno navega por el ciberespacio, A nivel internacional existen datos revelados por expertos que han estudiado los efectos de las represas en el mundo, y que dan cuenta que 50.000 grandes represas están obstruyendo los ríos del mundo, que han fragmentado dos tercios de los afluentes del planeta e inundado una superficie del tamaño de España, que interfieren con los factores biológicos que guían a los peces. Además, que las represas no son climáticamente neutrales, puesto que particularmente en los trópicos, como es el caso de la Amazonia, la materia orgánica en descomposición en sus embalses emite metano, un gas de efecto invernadero agresivo. 

A ello se suma que estas obras han desplazado a 80 millones de personas, con 23 millones solo en China y que han tenido un impacto negativo en 500 millones de seres humanos que viven río abajo. Si algo de bueno tienen las represas, señalan también los investigadores, es que generan el 16% de la electricidad mundial y el riego de los cultivos de alimentos para el 12% de la población del orbe. 

En la reunión de San Miguel, los representantes del proyecto hidroeléctrico tratan de poner paños fríos a las preocupaciones. Han llegado con diapositivas. La luz del sol se filtra por las rendijas de la pared de hule, dicen que, por el contrario a lo que ellos piensan, la represa será un beneficio para el país. Según Ende, uno de los beneficios será que se desarrollarán programas que beneficiarán a los sectores pesqueros y que se controlarán las inundaciones.

El ministro de hidrocarburos, Luis Alberto Sánchez, dijo a EL DEBER, que según los estudios de Geodata del Ministerio de Hidrocarburos, la afectación de la hidroeléctrica será del 0,79% del parque Pilón Lajas y el Madidi y que generará un ingreso de entre $us 600 y $us 1.200 millones anuales. 

Rubén Chinare, desde que ha escuchado que quieren construir una represa, dice que se ha soñado que ésta revienta y que sus aguas lo dejan sin casa y sin gallinas y sin los cultivos con los que se alimenta durante el año. Rubén vive en San Miguel y ahora se está bañando a vista de todos. Recoge de una olla, el agua con una vasija de plástico y se la echa en su cuerpo moreno. “El agua es vida”, dice. “Yo valoro el agua, pero no almacenada en una represa”, aclara, cuando ha salido de su baño, se ha vestido y se dirige a la reunión con representantes de Ende 

Fuente : El Deber

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